Ella sacaba chispas a las notas, daba media vuelta y se quedaba escuchando el piano, el cello y los fueyes que alimentaban su risa; primero asomando por los labios, sugiriéndose en sus hombros y después bailoteando casi imperceptiblemente desde su cintura. La música canta sin que ella emita sonido alguno "Y todo a media luz, crepúsculo interior, qué suave tercipelo la media luz de amor." Del piano marrón, con esa superficie bruñida que sólo tienen las cosas nobles, la cadencia del vals se avecina como si llegara desde lejos, atraviesa la maraña del tiempo, el final de un tango y el comienzo de otro, se acerca, eclipsa y seduce a los demás instrumentos que se apagaron lentamente primero y ya se embarcaban en otra cosa, quizás un tango, quizás ese vals. Un golpe de bandoneón se instala en el aire de pronto, como si pasara por ahí y se hubiera contagiado. "Vi luz y subí" dice recostado en el umbral de la melodía.
Juan Rulfo regresa del baño, esta vez no usa esos anteojos oscuros con que se había mostrado las últimas veces. Su boca apretada es siempre desmentida por sus ojos. Arlt lo espera para servirle más vino con la mano extendida tomando la botella sin levantarla aún. Esta sin embargo recostado en la silla, absorto en las notas o en una ventanita iluminada al costado del escenario, al final de una escalera metálica, centrífuga. "Va a subir por esa escalera y entrar por esa puerta en algún momento" piensa y mira los barrotes negros con ornamentos negros también.
Ella se levanta del sillón y regresa al micrófono. "Juraría que dejé de existir por dos minutos" se dice mientras saca el micrófono del pié y se lo apoya en el pecho antes de alzarlo nuevamente e inundar las paredes tenues con su voz iluminada. "Cuántas veces dije que daría todo por un beso de ella" dice Arlt con tono lo suficientemente alto para que sólo Rulfo capte sus palabras.
El concierto termina, todos aplauden, Leung, apaga el cigarrillo sin comprometer el puño blanco que asoma de su saco opaco. Esta bien peinado y su mirada inconfundible sigue cada paso de ella en el escenario, la aplaude también, con un sonido blando y pausado. Cierra su cigarrera plateada y la guarda en el saco. No tiene pensamientos, sólo siente la suavidad del raso que forra el interior del bolsillo y mira al frente, detrás de las volutas y el mist del cigarrillo que se desvanecen. La eternidad sucumbe ante este momento.
"Yo no sé qué me han hecho tus ojos..." Canta ella suavemente desde el sillón del camarín. Esta sentada y descansa sus ojos cerrados, piensa en alguien que seguramente no pudo venir o la espera en la puerta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario