Esta tarde salí afiladísimo debido a la lectura compulsiva de libros sobre jesuitas, bajé la colina, crucé el camino y caminé entre dunas, sinuosamente entre montañas de arena moldeadas por el viento que eran muchas y altas. Llegué a la rompiente y me di a la contemplación del mar. Tuve una breve conversación con un pescador que iba en compañía de sus hijos, de apenas tres y cuatro años. A los pocos minutos el sol se ponía detrás mío entre las montañas de arena, ya no se veía más que su estela de luz, inmensa como una galaxia.
Volvía a la casa para juntar mis cosas y dar el último adiós cuando, en otros médanos, diviso dos figuras humanas. Me veo acercándome despacio, paso a paso como se camina en la arena; no tenía apuro de todos modos, las siluetas se definieron y tomaron la forma de dos paseantes de pelo claro y piel blanca como la arena. Llego hasta ellas, lo suficientemente cerca como para no olvidarlas, escucho su cuchicheo de ángeles y su idioma extraño que remitía al sonido de los pájaros. Se habían detenido inexplicablemente entre los médanos; quizás al verme salir de la playa; y esperaban con eterna paciencia algo que seguramente yo no podía darles. Una vez frente a ellas hice una reverencia sin dejar de sonreír y seguí andando. Encontré una pendiente y ascendí, llegando a la cima vi unas huellas en la arena, eran las huellas del que había ido hacia el mar, las del que era yo minutos antes y que, sin haber desaparecido, se disolvía en mi pasado. Sin saberlo, en ese mar indiferenciado de arena, había seguido exactamente el camino inverso que el otro, el que había venido con mis zapatillas y que, extrañamente, ya no era yo.
Llegué casi al camino y me topé con otras huellas, no tenían características humanas, incluso terrestres, eran las huellas de un ser superior, posiblemente un extraterrestre ya que cada pisada emanaba imágenes insospechadas, ajenas a su forma.
Al alzar la vista para seguir adelante y cruzar el camino encontré la indescriptible forma del alienígena, autor de las huellas sobrenaturales, lo esquivé y seguí adelante. El camino estaba desierto y luego el ascenso fue paulatino y medido, antes de tomar el sendero que llevaba a la casa me detuve y miré hacia atrás. Veía los médanos y las inmediaciones; todo estaba vacío, no había rastro de las eslavas. Llegando a la casa me urgió relatar estos sucesos, puramente ocasionales aunque poblados de un misterio inefable, esas páginas se perdieron.
En mi recuerdo un hombre de piel curtida y barba mediana sale del bar como si fuera a echar las redes. Toda la parte baja del pueblo está poblada de espíritus que conviven sin diferencias con los humanos de la parte alta. Llevan a cabo actividades accesorias orientadas principalmente a entretener a los turistas. Cuando creí que por fin me había despertado le pregunté al viejo del gorro de lana si sabía a qué hora salía el ómnibus para Montevideo; el hombre me daba una explicación confusa de cómo variaba el horario cuando me di cuenta que en el interior del restaurant, con las mesas apiladas y arrimadas contra las paredes, una mujer miraba la televisión y un chico hacía sus deberes escolares. El marinero volvió a entrar y tuvo con la mujer que miraba la televisión y con otra que salió del fondo un confuso intercambio de gestos y palabras, tres minutos más tarde el chico dejó los lápices sobre la mesa y salió de la casa-bar, rápido pero sin prisa, iba a hacer una averiguación.
III
Me desperté otra vez, la tercera en un período de tiempo de dimensiones fluctuantes. ¿Seis horas? ¿Dos días? Estaba en la misma galería que daba a la calle, en el mismo restaurante de pescadores, con una lata de cerveza en la mano. La mesa era de un material robusto, madera o arcilla. Eran las seis de la tarde, estaba en compañía de dos o más extraterrestres, cada uno tenía en su mano informe un trozo de tela. La noche llegó sin dilaciones.
IV
Decir que desperté una vez más es exagerado, digamos que me encontré a mi mismo sentado a un costado de la ruta minutos antes de que se asomara un resplandor a lo lejos. El halo de luz crecía y un zumbido se hacía cada vez más audible. En una cadencia parecida a la del bolero de Ravel el zumbido se fue haciendo más grave, denunciando sonidos de lata y piedras que lo acompañaban en su crescendo. La luz me encegueció de pronto y la ruidosa máquina se detuvo exactamente donde me encontraba, recostado en un poste, sentado en una pila de ladrillos. Tenía el pasaje en las manos ateridas, subí unos escalones y se lo entregué al conductor, así volví a Montevideo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario