El argumento de su película era aberrante, sin embargo deslizaba en el devenir de la trama algo que podía clasificarse como invento: la idea de un sujeto musical. El fenómeno comienza con un solo de guitarra, inscripto en el marco de un entorno musical bien definido y aparentemente excluyente para ese tipo de expansiones; la revolución minúscula de estirar las notas hasta hacerlas parte de la imagen, de las ideas, de la compulsa misma del tiempo, se convierte para este músico de medio tiempo en el objetivo de su búsqueda, de su propia transformación. El hecho sucede primero de manera aislada en un rincón del escenario, y si bien rompe con lo establecido se instala en el aire de la sala clandestina con el apoyo imprevisto del resto de la banda, que se monta a esa pieza, plena de rock, con extraña simpatía.
Desprovisto de sentido común, Sorel (así se llama el personaje) se debate entre la música y el mundo; su trabajo de sonidista en una sala de grabación lo mantiene cotidianamente en un andante musical que se transforma en paisaje, en la geografía de sus días.
El desarrollo de la historia quiso ser musical y superponerse a ese género de existencia como si fuera un solo de cine, la disolución de la experiencia productiva en un paisaje continuo de formas personales que se entrelazan. Este ímpetu no deja de ser seductor y abre la puerta a nuevas formas de narración y contenido, sin embargo esta teñido de excesos. La vibración de una cuerda, tomada con un macro que deja ver su superficie estriada, metálica, la tensión que se vuelve patente ante el dibujo que hace sobre la pantalla, se desvanece cuando la toma siguiente consiste en el detalle infinito de una gota de sudor sobre el rostro del gitarrista en la que se ven reflejadas imágenes de los gentíos de Nueva Delhi.
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